Cristina Fernández, dicen las encuestas, será la presidenta de Argentina después de las próximas elecciones del 28 de octubre. Continuista con la política interior de su marido, el actual mandatario, la candidata busca dar un giro en las relaciones exteriores del país.
Según las encuestas, Argentina ya tiene ganadora indiscutible de las próximas elecciones presidenciales de este 28 octubre: Cristina Fernández. Senadora por la provincia de Buenos Aires y esposa del actual presidente Néstor Kirchner, la candidata acapara más del 50% de la intención de voto de la población, pulverizando toda posibilidad de triunfo de sus rivales (el ex ministro de Economía de Kirchner, Roberto Lavagna, que se presenta como independiente, y la izquierdista Elisa Carrió). Cristina –así prefiere que la llamen - enarbola la bandera del peronista partido Frente para la Victoria, el mismo con el que su antecesor ha conducido el país durante los últimos cuatro años.
Néstor Kirchner llegó a la Casa Rosada en tiempos convulsos, en 2003, cuando el país se retorcía después de la crisis financiera que había sufrido dos años antes: deuda externa valorada en 178.000 millones de dólares, desempleo del 30% y conflicto social. En contraste, el 10 de diciembre dejará, muy probablemente en manos de su mujer, una Argentina con menos paro (en torno al 10%), salarios más altos y menos deudas (en 2006 se acabaron las obligaciones con el FMI). A pesar de estos logros, y del crecimiento medio del 8% de la economía desde 2003, la pobreza en el país continúa siendo del 27% de la población (aunque muy por detrás del trágico 60% que encontró).
Es por ello que al presentar su programa político Fernández apuesta por la continuidad, por seguir la línea ya marcada, trazando objetivos propios. Los prioritarios: modernizar el Estado y constituir un modelo económico y social reflejo del diálogo entre los argentinos.
Pero aunque la candidata parte con la senda señalada, el neodesarrollismo kirchneriano (una fórmula que pretende alejarse de la política neoliberal con la que se gobernó Argentina en los años noventa) no ha dado siempre buenos resultados. Los últimos escándalos de corrupción política o la crisis energética que vive el país (por desabastecimiento de gas) son algunos de los puntos negros que pesan sobre el actual ejecutivo y lo que, quizás, haya llevado a su partido a algunas derrotas electorales sonadas en los últimos meses.
En relaciones exteriores, Kirchner se identificó con los regímenes de corte socialdemócrata de Bachelet en Chile y Lula en Brasil. Fue con el dirigente brasileño con quien intentó desde muy temprano fortalecer y ampliar el MERCOSUR, sobre todo para poner freno al proyecto estadounidense de integrar al continente en un espacio de libre comercio, el naufragado ALCA.
También ha estado cercano al populismo de Hugo Chávez, con el que se le ha podido ver en numerosas ocasiones, para recelo del sector empresarial y de Estados Unidos, al que Kirchner ha debido tranquilizar con medidas tales como el apoyo en la lucha terrorista, o la participación del país en la intervención de la ONU en Haití cuando Bush lo requirió.
En términos generales, la actividad en política exterior de la última legislatura ha sido discreta, y muestra de ello es que el país ha sido ignorado en varias visitas a la región por parte de mandatarios occidentales (procedentes de Italia, Canadá, Alemania o Estados Unidos).
Con los países de la Unión Europea, el tema de la deuda externa ha centrado las relaciones bilaterales; en el caso de Italia, el cambio de la deuda privada ha provocado algunos conflictos, mientras que con Francia y España ha enturbiado la relación la cuestión de las empresas privatizadas en suelo argentino.
En el caso español, la infructuosa relación se remonta a la década anterior, cuando nuestras empresas desembarcaron en Buenos Aires y se hicieron con algunas de las compañías que el estado argentino privatizaba en busca de liquidez. Desde entonces se han sucedido los roces con el ejecutivo, que no dudó en congelar las tarifas en vista de la crisis económica, mientras que Telefónica, Endesa o Gas Natural reivindicaban un aumento en los precios de los servicios públicos que ofrecían. La tensión se extendió también a la población, que empezó a mostrar síntomas de “antiespañolismo”, a través de manifestaciones o de saqueos directos a grupos españoles inversores.
Según datos del Ministerio de la Presidencia, la mayor inversión española en el exterior se ha concentrado en los últimos 20 años en Argentina, con un stock acumulado de 50.000 millones de dólares (por detrás sólo de Estados Unidos), donde se calcula que genera unos 200.000 puestos de trabajo.
Los resultados de esta relación son satisfactorios a día de hoy: los impuestos pagados por las empresas españolas en 2006 han supuesto el 13% del total recaudado por la Nación, mientras que la recuperación económica registrada en Argentina en los últimos cuatro años está colocando a las empresas españolas que mantuvieron su inversión en un buen momento.
Es por ello que tanto las autoridades españolas como las argentinas se empeñan en mantener un ambiente cordial, aunque el sector empresarial español continúa con la petición del aumento de tarifas para sus respectivos sectores.
Precisamente Cristina Fernández, en visita a España el pasado mes de julio 2007, se comprometió a estudiar esta posibilidad, mientras que su marido hacía lo propio con la fijación de garantías de seguridad para las compañías españolas.
Esta visita a nuestro país se enmarcó en una gira mundial que la candidata ha iniciado en los últimos meses, lo que responde al objetivo explícito de Fernández de llevar una política exterior más activa que la de Kirchner si consigue la presidencia. Entrevistas con los principales dirigentes de España, México, Estados Unidos, Uruguay o Venezuela se han celebrado en las últimas semanas, en una estrategia calificada desde Argentina como “diplomacia pendular”, y que refleja el apoyo del gobierno tanto a sectores de centro-derecha (México) como de izquierda más radical (Bolivia o Venezuela).
Lo que ha podido verse en campaña parece indicar que Fernández quiere protagonizar un giro drástico en las relaciones diplomáticas respecto a su marido, dedicando más espacio al exterior y mostrando mayor flexibilidad ante sus vecinos. El propósito es lograr un clima de cordialidad que atraiga mayor inversión privada a su país.
Si las encuestas no se equivocan, a principios de 2008 se llevarán a cabo los primeros pasos significativos de la política de la actual senadora (y no antes para evitar una ruptura brusca con el anterior mandato). Será especialmente indicativa su postura ante Chávez, en el ojo del huracán por parte de los sectores más neoliberales, aunque no será fácil alejarse del dirigente venezolano, ya que durante los últimos cuatro años se han tejido lazos entre ambos países imposibles de deshacer a corto plazo.
Otra foco de atención será el cumplimiento del anuncio que Fernández realizó recientemente: el pago de la deuda con el Club de París (foro de acreedores oficiales y países deudores) por parte de Argentina, aunque, eso sí, al margen del FMI.
Además de estos dos ejes, Fernández deberá hacer frente a cuestiones regionales como el conflicto de las papeleras con Chile, o al reclamo del Reino Unido por la soberanía de una plataforma submarina situada alrededor de las Malvinas.
Las dudas sobre el tacto político de Cristina Fernández y sobre cómo se desenvolverá durante su presidencia, se desvelarán a partir del próximo mes de octubre. Será entonces cuando se inicie un período en el que, mediante hechos, la primera presidenta argentina elegida por el pueblo demostrará su apuesta por el cambio. O por la continuidad.
* Ana Claudia Rodríguez es Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autònoma de Barcelona (UAB) y Master en Relaciones Internacionales por la UAB.